domingo 7 de marzo de 2010

La abuela Alberta, la bruja

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LOS ORÍGENES

Alberta Facundo “la Bicha” era sobre todo un ser carcomido por el odio, corría por sus venas como una corriente turbia y vibrante, era la energía que activaba sus músculos, sus nervios, sus pulmones y envenenaba su miocardio. Todos sus movimientos se engendraban en ese pérfido sentimiento que nunca la abandonó allá donde fuere, era su señal, su estigma, y a la vez su salvación , la balsa a la que se agarraba para sobrevivir .Odiaba a su madre por haberla dejado sola en el mundo, odiaba al padre que nunca tuvo y que nunca conoció, odiaba a María Pérez por haberla condenado aquella perra y puta vida, y sobre todo se odiaba a sí misma, por no tener el valor de acabar con su repugnante existencia cuando aquellos pervertidos viejos, jóvenes, maduros y cientos de asquerosos hombres ensuciaban su piel con sus sudores, sus fluidos y sus lenguas saburrales . Sentía algo oscuro y maligno que le obligaba a perseguir un destino que no eligió y que escapaba a su voluntad, un destino malvado y diabólico que le instilaba una energía dominadora y brutal forzándola a vivir por los siglos de los siglos su condena de súcubo perverso .
Si la Bicha hubiese conocido sus orígenes, envueltos ahora en la bruma del olvido , tal vez comprendería que nada era casual, que nada ocurre al azar, que todo se conecta y deja su huella indeleble, hasta el fin de los días .
Su madre Rosa nunca le contó nada de la abuela Alberta, la gitana, la bruja, ese ser de viento y fuego, de cenizas y llamas, de lava y dinamita juntos en una mezcla imposible. Los rumores del pueblo la emparentaban con una estirpe de zíngaros y titiriteros que cruzaban la comarca con su fanfarria de espectáculos grotescos, sus cabras, sus enanos y su mujer barbuda. Al parecer de niña heredó una extraña mirada negra como la pez y su piel era tan sospechosamente bronceada y castaña que la gente comenzó a lanzar habladurías sobre la dudosa procedencia del padre. Se sabía que Inés , la madre de Alberta, le gustaba frecuentar las festejos de los gitanos, y alguien dijo incluso que la vieron cruzar el pueblo con la luna llena alumbrando sus pasos hacia el descampado la noche de aquel tórrido verano en que se desató aquella extraña tormenta eléctrica donde los truenos que se derrumbaban sobre el mundo se confundían con el ruidoso griterío proveniente del poblado calé que se prolongó toda la noche hasta el amanecer. Los más devotos y temerosos de Dios dijeron que aquel viernes trece, esos demonios húngaros celebraron una tremenda orgía en honor a Satanás, mientras todos los perros del pueblo aullaban atraídos por quien sabe qué profundo y visceral instinto de lobo . Se rumoreó durante un tiempo que Inés se enamoró de Raimundo “el flaco“, jefe del clan y hombre que además de por violento y cruel, era famoso en la comarca por su mañas de brujo y ocultista. Raimundo “el flaco” era feo y deforme, pero tenía un imán en los ojos imposible de eludir. Enfocaba su magnética mirada en mujeres inmensas y con pechos generosos y turgentes, casi siempre casadas con hombres flojos y pusilánimes. Nadie dijo nada cuando nueve meses después de aquella noche Inés trajo al mundo una niña con la piel agitanada y los ojos como el carbón, y su padre Juan “el cojo” tampoco. No hizo caso, o no quiso escuchar a las malas lenguas porque era hombre de bien y devoto de “la cofradía del cristo bondadoso“, y sobre todo amaba a su mujer de forma intensa y silenciosa por encima de todas las cosas, y aunque la niña a medida que crecía se parecía más a su oscura herencia que a él , nunca dejó de tenerle el más tierno, protector e incondicional cariño .
Así la abuela Alberta fue una niña feliz y desmelenada que pasaba las horas en el bosque recogiendo raras hierbas y las tardes hablando sola en sus inquietantes juegos de niña oscura. Al crecer pronto se hizo famosa por sus dotes adivinatorias echando las cartas y por fabricar pócimas y ungüentos para todas las dolencias. Practicaba el mal de ojo sólo en contadas ocasiones, porque era un sortilegio muy poderoso cuando salía de sus negras pupilas, cayendo de inmediato fulminado el indefenso humano al que hechizaba con su mal fario. De su abuela bruja heredó la Bicha su mirada ardiente y paralizante, capaz del embrujo certero y aniquilador del amor no correspondido, el cual se manifestaba en forma de febriles y apremiantes ganas, calenturas deshonrosas que atormentaban al embrujado durante el duermevela de la medianoche. En los hombres débiles de la carne este hechizo surtía especial efecto, y andaban luego corriendo a contarle al párroco bajo secreto de confesión que se les aparecía la bruja Alberta , como una terrible pesadilla, subida en un caballo negro con dos cabezas y que una jauría de extrañas criaturas con forma femenina ,con los senos al aire les violaba el sexo, cabalgando sobre ellos como indias salvajes hasta que despertaban temblorosos con un grito de horror, sudando el miedo de las llamas encendidas del infierno.
Muchos años después, y escondido en lo más recóndito de sus genes, la Bicha resucitaría ese encantamiento para utilizarlo sin compasión en las noches desenfrenadas de lujuria y excesos que se prolongaban en las habitaciones de sus burdeles de lujo repartidos por toda la ciudad.

4 comentarios:

  1. Excelente escrito, me encanto... la verdad se pe parece un poco a la bruja d portobello de pablo coelho.... =)
    sin palabras la verdad

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  2. Vaya con la Bicha, como evoluciona, con burdeles de lujo. Siempre hay que ser bueno en el oficio, cualquier oficio.
    Un abrazo.

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  3. José Antonio: Muchas gracias por pasarte por mi blog...todo un honor, admiro muchísimo tu poesía..Un saludo
    Disimulando: sin duda, vaya familia,eso siempre marca mucho.. Bss

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