Fotos: cortesía de Rosanna Walls de su álbum de Fabiola PinheiroAlberta Facundo, la Bicha, llegó a la gran ciudad apretando en su puño la navaja que le regaló Pedro " el Mudo". La hacía sentirse segura, era su talismán, su sortilegio ante el miedo.Nada más bajar de autobús una aroma a asfalto derretido, humo y mugre le sacudió la cara. Observó a toda aquella gente que se apresuraba a alcanzar la salida embargados por un extraña prisa, mientras ella, en cambio,se quedaba un segundo allí plantada, sobrecogida por la inmensidad trepidante de aquella ciudad que la esperaba con la boca abierta, como las fauces de una animal hambriento esperando engullirla,triturarla, molerla con sus muelas de acero hasta convertirla en la leyenda turbia y oscura que llegaría a ser .Porque la Bicha percibía las vibraciones en el aire, y levitaba entre lo real y lo intenso de sus premoniciones.En aquella ocasión, un súbito escalofrío le recorrió el tuétano y una extraña excitación le removió el cuerpo ante la inminente promesa de la aventura y el riesgo. Ella era una hembra valiente, sin duda, era un atributo innegable, la perseguía como un áurea que atraía hacia su persona todo tipo de gentes ínfimas y de alma débil. Ahí residía su verdadero hechizo, más allá de sus curvas, sus irresistibles ojos, su pelo recio, abundante y aromático, su presencia alta y e irreverente,más que todo aquello la perseguía su halo de valor y arrojo. Sin titubear hizo sonar entonces sus tacones en el sucio suelo , y se sintió poderosa,como si aquel instante, en aquel preciso momento la ciudad le perteneciera y ella estuviera tomando posesión de su trono,como legítima reina de la noche y supo que aquella urbe masificada y distante había estado toda la vida esperándola para pertenecerla y rendirle pleitesía.
Sacó de su bolsillo el amarillento y arrugado papel guardado durante todos aquellos años, con la letra pulcra y temblorosa de su madre asomando desde el fondo de su recuerdo y rebotó en su cabeza su voz grave y ronca,dulce y protectora aunque castigada por el alcohol y el tabaco,las últimas palabras que le dijo, aquella noche de su muerte- "cuando llegues a la ciudad vas a casa de la tía, la dirección está escrita en este papel"-.
Subió al taxi y casi como una orden pronunció el nombre de la calle . Unos ojos ojerosos y arrugados la observaron desde el espejo retrovisor.El taxista no se atrevió ni a un atisbo de conversación intrigado por la mujer de mirada de fuego que le devolvía el espejo.Ella apretó un poco más la navaja de su bolsillo hasta hacerse daño.Sacó de su bolsillo el amarillento y arrugado papel guardado durante todos aquellos años, con la letra pulcra y temblorosa de su madre asomando desde el fondo de su recuerdo y rebotó en su cabeza su voz grave y ronca,dulce y protectora aunque castigada por el alcohol y el tabaco,las últimas palabras que le dijo, aquella noche de su muerte- "cuando llegues a la ciudad vas a casa de la tía, la dirección está escrita en este papel"-.
Atravesaron el centro de la ciudad entre el tráfico enloquecido y los efluvios de un verano tórrido y asfixiante que azotaba las aceras, mientras observaba el cambiante paisaje. Apresurados edificios señoriales,inmensas avenidas de tiendas y parques alfombrados de césped ,cruzaron el río sobre el puente de piedra y asomaron entonces los altos y desvencijados rascacielos de ladrillo,con sus ropas tendidas en las balcones y sus marañas de antenas dominando el paisaje de los barrios marginales crecidos en las lindes del Manzanares.
Allí conocería la Bicha un pequeño atisbo de felicidad en su vida, efímero e intenso.Una pequeña y fugaz esperanza de que existía bondad en el ser humano.






